jueves, 9 de septiembre de 2010

El Salón del Nunca Más: Crónica

CONOCIENDO LA NUEVA GRANADA


Por: Daniela Andrea Areiza Orrego

Hablar hoy de Granada, Antioquia es mencionar un nuevo municipio, uno que a pesar de los grandes ataques por parte de grupos armados al margen de la ley durante más de 22 años, y con estos, el rompimiento de la tranquilidad, felicidad, estabilidad, proyectos, libertad y dignidad (derechos que la constitución tanto presume y que para estos granadinos no son más que una ilusión), se han convertido en un aliciente para reconstruir y dar un nuevo génesis a Granada, no solamente desde la estructura y construcción urbanística, sino desde el factor humano y la memoria.

A partir de 1988 Granada fue protagonista de la primera página en periódicos de todo el país; notas de primera hora en noticieros y tema de conversación y discusión en universidades por la magnitud de los atentados allí ocasionados y por las situaciones violentas entre desplazamientos, muertes, secuestros, desapariciones y miedo generalizado que asombraban a espectadores y lectores; pero más allá de convertirse en un tema de opinión por un par de horas, Granada necesitaba una nueva mirada, lideres capaces de construir su historia sin resentimientos, sino centrados en la dignificación, el recuerdo y la elaboración del duelo a partir del testimonio de su realidad.



El viernes 3 de julio del 2009, se marca el nuevo comienzo de Granada con la inauguración del SALÓN DEL NUNCA MÁS, que nace como una iniciativa del Comité de Reconciliación y la Asociación de Victimas Unidas por la Vida (ASOVIDA), para que las personas víctimas del conflicto reciban ayuda, conozcan sus derechos y participen de las jornadas programadas y del proceso de recuperación y dignificación de la memoria con actividades que promuevan la paz y eviten el miedo a mostrar su historia.


La llegada


Después de tres horas de viaje aproximadamente, se empieza a ver entre el paisaje unas cuántas casas y fincas abandonadas, destruidas, y ya grises por el tiempo; éstas, dejan en el ambiente un sinsabor, que se agudiza al llegar a la Plaza Central, donde lo primero que se ve es un parque en construcción y tres calles que particularmente inician con tiendas en las esquinas. Arriba la iglesia que también están remodelando y luego un pequeño salón donado por la Casa de la Cultura, llamado: “EL SALÓN DEL NUNCA MÁS”.

¿Quién podría antes de entrar decir que este un lugar que guarda en su interior toda la historia real de Granada, la historia humana y no cifrada?, ¿una realidad dónde el victimario no es el protagonista, sino donde las víctimas cobran vida, hablan, gritan, lloran, demuestran a través de sus familiares, amigos y vecinos?

Al ingresar a este pequeño lugar dan la bienvenida los dueños de la historia, los inspiradores de esta iniciativa: más de 200 fotografías de personas desaparecidas y asesinadas en diferentes momentos y por diferentes motivos. Al verlos detalladamente, me intimidan. Siento vergüenza de entrar en sus vidas, de ahondar en su realidad, pero me asombran sus historias, y más aún sus familias que con fortaleza y valor los muestra sin miedo, demuestra sus sentimientos a través de una bitácora de color como si en ellos guardaran la ilusión de algún día no tener que escribir más, porque para nadie es un secreto, que ellos, sus familias y amigos le escriben a la incertidumbre, a la soledad, pero sobretodo, a la posibilidad.



Al recorrer el salón se puede leer en paredes informaciones, cifras, frases y datos supeditadas de fotografías de las situaciones violentas y de reconstrucción que ha tenido el Municipio durante su historia; mientras hago el recorrido visual, me interrumpe la voz de una joven granadina de no más de 13 años perteneciente al semillero en el que mas de 50 niños tejen su futuro, con la lectura de un escrito seleccionado aleatoriamente entre la cantidad de bitácoras de víctimas. Este particularmente dice:

“Papá, te estamos extrañando mucho. Mi hermanita y yo te extrañamos mucho. Hemos llorado mucho por ti. Mi mamá te extraña mucho. Te queremos mucho. Ya hace muchos años que no te vemos. Pero aunque en las fotos te miramos, yo ya tengo diez años; el 11 de agostos cumplo mis 11 años. Ya hace nueve años que te mataron. Te queremos mucho. Estoy gordita y mi hermanita y tiene 9 años, los años que estás muerto. Te queremos mucho. Ya hemos crecido mucho. Estamos en un proyecto que se llama la Casa del niño y de la niña, allá nos dan un subsidio de 30 mil pesos, y nos colaboran mucho. Mi mamá trabaja, y el sueldo son 200 mil pesos. Mi mamita te extraña mucho y tus hermanos también. Yo he aprendido tantas cosas que ni me acuerdo. Ya me tengo que ir. Quedé de ir a hacer las tareas. Te cuento que estamos en cuarto año. Te queremos mucho, adiós. ¿Ya leíste la carta del día del padre?”

Me quedo sin palabras. Lo único que si se puede decir, es que el objetivo del Salón se está cumpliendo: enseñar, involucrar y apropiar la historia de Granada a todos, desde el más pequeño con el fin de que la historia no se repita porque como dice Carlos Lopera del PNUD: “Es mejor ver todos los días fotos de granada destruida que volver a tener a granada destruida”.

Las mujeres toman la vocería


Zulma Rocío Gómez y Gloria Elcy Quintero, voceras y líderes del proyecto del Salón del Nunca Más nos reciben contándonos el detonante que llevó a un grupo en su mayoría conformado por mujeres a ejecutar comprometidamente la iniciativa, aún sin tener los fondos suficientes, ni el lugar destinado para el sostenimiento. A pesar de ello, se logra afiliar a 180 personas en la organización que crean en el proyecto y trabajen por él en la búsqueda de recursos y patrocinios que les permita el sostenimiento.

Una vez obtenido el lugar, se inician los encuentros en grupos de personas aleatoriamente, para que interactúen, cuenten sus historias sin miedo y compartan el dolor para que en conjunto se haga más llevadero.

Posterior a ello, se inicia con la distribución y diseño de la planta física, y para esto se contó con la asesoría, colaboración y donación de artistas como Erica Aliete y su exposición Rio Abajo, inspirada en los cuerpos arrojados al rio por parte de grupos al margen de la ley con el fin de no dejar rastro. Situación que para los citadinos es de los actos más dolorosos, porque quién no encuentra un cuerpo en las fosas, siempre tiene la esperanza, mínima pero la tiene de encontrar su ser querido; por lo tanto es una agonía permanente para la familia. También Lorena Luengas, plasma el montaje de la fosa en la parte izquierda del Salón, con el fin de reflejar en él la imagen de quien lo observe con el fin de sensibilizarlo y ponerlo en la posición de quien lo vivió.


El Salón del Nunca Más ha permeado a toda la población, por lo que el diagnóstico y la formación de niños y jóvenes ha sido una labor difícil y conmovedora pero no por esto más o menos importante que la llevada a cabo con otras poblaciones; aunque si consideran que debe ser manejada con un cuidado especial por experiencias arrojadas como la de los niños de la Vereda El Cebadero, que luego de hacer una pintura, la desaparecen con rojo en representación de la sangre derramada en la guerra por el pueblo. O, el escrito de una niña en la bitácora de su padre dónde denuncia a su abuela por maltrato y su deseo de morir por dicha situación si no vuelve. Es por ello, que este lugar se ha convertido en un reflejo de las vidas no sólo de quienes se fueron, sino de quienes los esperan, sus sentimientos y de ahí es posible hacer lectura de las nuevas necesidades que tiene Granada en materia de educación, legislación, seguridad y cultura.

Algo paradójico en este encuentro es la condición en la que se posiciona Zulma Gómez. Ella considera que ser desplazada no la cataloga como victima de la violencia, pero ¿Cómo no? Es tan grave la desaparición y muerte de una persona como el desalojo con amenazas de las tierras que por ley le pertenecen a una familia, sobretodo cuando además de violar la intimidad, la tranquilidad, y la estabilidad de la familia, usurpan caprichosamente el trabajo que durante días han esperado dé frutos. Es más triste aún escuchar la encrucijada en la que se encuentran actualmente: volver a sus tierras y no tener con qué empezar de nuevo o, volver con la posibilidad de morir, porque la mayoría de tierras están minadas. Difícil decisión.

Una vez empezamos el recorrido por el Salón, empieza un gota a gota de historias enmarcadas en muertes, desolación y un asombro acompañado de tristeza e impotencia empieza a hacer presencia cada vez que Gloria inicia con frases como: “Esta señora y su hija perecieron a un atentado en bus… Ellas iban en un bus de San Carlos para la finca y perdieron la vida las dos. Tenemos este niño con su primo que murieron en una casa bomba mientras jugaban. En una legumbrería con unos explosivos camuflados en un bulto de naranja, murieron ellos dos y otro señor con su hija de 16 años, de los que no tenemos la fotografía”… Así sucesivamente como si este pueblo sólo tuviera para contar historias dolorosas en las que podría pasarse cualquier visitante uno, dos incluso tres días escuchando métodos, lugares y momentos asombrosos como en una película de George A. Romero.

Gloria Quintero después de algunas historias y con una tristeza imposible de ocultar continúa: “La masacre del 2000, donde fallecieron 19 personas […] Miremos las caras de las personas que asesinaron […], La masacre de El Vergel […] Masacraron a 7 campesinos que estaban trabajando su tierra […]”.

Por fin llegamos a la parte de la sala en la que se encuentra la solución, dónde después de que cesa la presencia de grupos al margen de la ley, pero dónde aun quedan las consecuencias, se establecen proyectos sociales como la marcha de la luz llegando hasta el parque de la vida, celebrada el primer viernes de cada mes.

El Salón del Nunca Más, pretende pues, devolver a todas estas personas a quienes les fue robada su tranquilidad, la confianza y la sonrisa algo de eso para que vuelvan a participar activamente en la vida social, crean y confíen en este tipo de iniciativas y que a su vez, generen propuestas de desarrollo cultural y artístico donde la reconciliación, dignificación, la paz y la vida sean la columna vertebral para que así, las victimas dejen de sentirse como tal, para convertirse en ciudadanos que no olvidan su pasado pero a través de este construyen un nuevo presente.

martes, 7 de septiembre de 2010

Semillero Asovida

Los niños de Granada le apuestan a un futuro en el que reine la Paz.

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Las Voces de las Víctimas

EL SALÓN DEL NUNCA MÁS

Un lugar para dignificar a quienes desaparecieron y murieron por causa del conflicto armado en Granada.

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Nunca Más

Este video es una pequeña muestra de cómo la violencia marcó la vida de los granadinos. Es la voz del pueblo la que se manifiesta en señal de protesta. Para nunca olvidar.

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lunes, 6 de septiembre de 2010

Crónica de Granada: Primera Parte

CUANDO LA GUERRA CAMBIÓ A GRANADA

Por: Andrés Camilo Tamayo Gómez


No olvido hace 10 años cuando estuve en Granada. No es el mismo Municipio que veo hoy: con cicatrices a causa de la violencia y con el miedo que sembraron los grupos armados ilegales. De antemano me excuso con los lectores; soy un estudiante de Comunicación Social y Periodismo que no puedo negar mi lado humano: siento una profunda tristeza al ver ahora el pueblo donde nacieron mis padres. Quisiera devolver el tiempo; me gustaría regresar una década atrás. Pero sólo me queda el recuerdo.

Semana Santa

Mis papás viajaron para Costa Rica en Semana Santa en el año 2000. Tenía 12 años cuando me quedé en la casa de mi tía Luz Dary, hermana de mi madre, quien me recibió con los brazos abiertos durante 10 días. Mi hermana, por el contrario, se quedó donde mi abuela y mi hermano, en el apartamento.

Desde el viernes 14 hasta el domingo 23 de abril, pasé mis vacaciones junto a ella, su esposo Gildardo y mis primos Julián, Daniel y Santiago. Fue un momento de mi vida en la que mezclé los ratos de misa con la música de Mtv, el Nintendo 64 y las salidas de amigos –vecinos de mis primos de la urbanización–; salidas que duraban más de 12 horas: empezaban desde las 10 a.m. y terminaban más allá de las 10 p.m. Esta diversión se alargó por 7 días; tuvo su final el sábado 22 cuando salimos a las 11:30 a.m. para Granada. Se unieron al viaje doña Lilia y Sonia, mamá y hermana del esposo de mi tía, oriundas también de este terruño antioqueño.

Vestigios en el tiempo

No era la primera vez que iba; mis primero años de vida transcurrieron en este pequeño paraje del oriente antioqueño: cuando nací en 1987, mi mamá me llevó a vivir a Granada. Ella trabajaba como profesora en una escuela del casco urbano. Sólo fue un año más tarde, en 1988, que nos trasladamos en definitiva para Medellín; eso sucedió 15 días antes de la primera toma guerrillera a manos de las FARC, que dejó daños materiales, entre ellos el incendio y la destrucción de la Caja Agraria y otros locales comerciales. Aun después de este episodio, continuamos yendo a Granada los fines de semana hasta que, en 1990, se presentó la segunda toma guerrillera y las disputas territoriales entre las FARC y el ELN. Estos actos desplazaron a mi tía Amparo y obligaron a mis padres a no volver por un tiempo.

Un día de 1992 regresamos en familia. No teníamos pensado amanecer en el pueblo, pero nos quedamos. Sólo sé que esos dos días fueron los últimos en los que mi papá pisaría tierra granadina. En cambio, en 1994, mi mamá estuvo dos veces en el Municipio por fuerza mayor: para estar presente en el entierro de su mejor amiga –inmediatamente terminó el sepelio, se montó en el primer bus de camino para Medellín–, y un mes luego para saludar, en compañía mía, a la madre de su compañera muerta. Desde entonces, mi mamá nunca retornó. Hoy mis papás no saben y ni siquiera aspiran a estar al corriente de lo que ocurre en Granada. El miedo más les puede; por eso no quieren tornar.

En años posteriores, el conflicto en la zona se caracterizó por los secuestros de los alcaldes de Cocorná, San Francisco, San Luis, San Carlos y, entre ellos, el de Granada, Jorge Alberto Gómez Gómez, en 1997 a mano de las FARC. Ese mismo año, el 24 de octubre, fueron también retenidos en contra de su voluntad, por el ELN, tres delegados de la OEA; fue el primer caso de secuestro sufrido por esta organización. Este delito generó rechazo de la comunidad internacional. El 13 de diciembre de 1997 fue privado de su libertad el alcalde electo Carlos Mario Zuluaga Gómez, quien soportó de nuevo este flagelo el 26 de octubre de 1998.

Aunque estos hechos de violencia desfiguraban el rostro del pueblo y los retenes guerrilleros eran constantes en la carretera entre El Santuario y Granada, el 22 de abril de 2000, un Sábado Santo, emprendí de nuevo mi viaje a este territorio de Antioquia. Sin duda. Sin temor.

Seis años de ausencia

La vía para la ida al Municipio se limitaba a dos carriles de subida y bajada: la doble calzada de la autopista Medellín-Bogotá se encontraba en construcción. Para matar el tiempo en el carro y evitar que las horas fueran tediosas, mi tía decidió rezar el Santo Rosario. Entre Dios te Salves y Santa Marías veía pasar las horas rápido. El trayecto –de 2 horas por lo general y de 75 kilómetros de distancia– duró poco; corto para mi reloj biológico. Al llegar, vi una multitud que impedía que el carro avanzara. Miradas por todos lados. Campesinos, niños, adultos y ancianos se atravesaban por la carrera 25, una calle angosta que se terminaba uniendo con la carrera Junín.

(Foto tomada por Diana Patricia Gómez Varela)

La entrada a Granada se reconocía por unas edificaciones de 3 y 4 niveles y por unas casonas típicas antioqueñas, cuyos muros de tapia estaban pintados de la mitad para arriba de blanco, y de la mitad para abajo de azul, rojo, verde… Tengo en mi memoria a un señor de contextura delgada, alto y con bozo sentado en la esquina de una de estas casas de tono aguamarina (azul-verde pálido). Tenía a su derecha un costal lleno de paquetes de obleas y barquillos; a su izquierda, una mesa de madera vieja con una waflera redonda: allí esparcía la mezcla de harina, leche, agua y azúcar para formar esta delgada galleta.

Nos desviamos por la Variante –vía transversal que conecta Junín con la carrera 22 (Carabobo)– Allí parqueó el carro el esposo de mi tía. Nos bajamos. Lo primero que vi fue el Templo Parroquial: inmensa fue la sensación que obtuve por mi ubicación, pues la quebrada e inclinada topografía del pueblo me hacía percibirla de esa manera. Doña Lilia y Sonia se despidieron; se fueron a descargar maletas a su casa, que estaba a pocos metros de la iglesia. Como no habíamos almorzado, entramos a comer pollo en un restaurante cercano; mi tía le preguntó a la muchacha que nos atendió si por casualidad conocía a alguien que aseaba casas. La joven llamó a su hermana de 16 años.

Hacía 6 años que no veía la residencia de mi abuela –realmente, era el domicilio de mi tía Amparo; vivió en ella con su esposo y sus tres hijos, pero las dos tomas guerrilleras la espantaron y por eso tuvo que emigrar a Medellín–. Está a una cuadra del parque principal, entre la carrera 21 Giraldo y la calle Jorge Ramón de Posada.

La encontramos empolvada y sucia. La reconocí por completo, hasta distinguí el mensaje color blanco grisáceo de feliz navidad pegado en la ventana del comedor; al parecer la sustancia que se utilizó para escribir los buenos deseos –una mezcla cuyo ingrediente principal era el detergente– resistía al tiempo; estaba todavía adherido sobre la superficie del vidrio. Desde que era pequeño, eso siempre existió. Ya es parte del patrimonio familiar.

Mientras la joven barría y sacaba grumos de polvo por todo lado, mi tía lavaba todas las ollas de la cocina. Nosotros sólo las observábamos. Para no estar encerrados, a Julián y a mí nos dieron plata para ir a jugar Playstation a una de esas tiendas que prestaban el servicio comercial de juegos de video. Nos quedamos 1 hora; estábamos aburridos.

(Foto tomada por Diana Patricia Gómez Varela)

Volvimos a la casa. No encontramos a nadie en ella. Tocamos varias veces; nadie respondía. Anduvimos por las calles cercanas por si encontrábamos a mi tía. Estuvimos en la plaza principal; estaba cubierta de boñiga. Ese día era la feria del ganado: las reses compartían espacio con las escaleras (las chivas), los carros y la población. Nos alejamos del lugar. Subimos y bajamos por unas lomas. No vimos a Luz Dary por ningún lado. Nos topamos por casualidad a Sonia, la tía de Julián. Decidimos quedarnos con ella.

Súplicas de paz

Veía el culto desde el balcón. Mi primo Julián estaba a mi lado callado. Mi tía, por el contrario, charlaba con una mujer, amiga de la familia, mientras preparaba la comida en la cocina. La señora, de aproximados 38 años, amablemente nos invitó a su hogar para tomar el algo: panes, tostadas, quesito y chocolate nos sirvió.

(Foto tomada por Diana Patricia Gómez Varela)

Desde allí presencié la ceremonia litúrgica del Sábado Santo. Pequeñas luces titilaban a lo largo de la carrera Junín. Personas de todas las edades llevaban encendida una vela blanca sobre sus manos. El silencio era total. La procesión se dirigía al Templo Parroquial. El padre encabezaba la marcha de la Vigilia Pascual: la luz llevada por los feligreses simbolizaba a Cristo Resucitado; pero, además de la resurrección, las oraciones pronunciadas en voz baja clamaban no sólo por el respeto a la libertad y a la vida de las personas, sino también por la paz de Granada.

De nuevo en la casa, me alisté para dormir. Acostado en la cama, cerré mis ojos. Estaba agotado. Mi cuerpo estaba quieto y sin embargo mi cabeza trabajaba: pensaba en el mensaje de paz, vida y libertad que los granadinos tanto añoraban. Y que yo, igualmente, deseaba.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Crónica de Granada: Segunda Parte

HERIDAS QUE NO SANAN



«Había una vez entre las verdes montañas, un pueblito pequeño y diminuto que se escondía entre tupidos y exuberantes bosques. San Matías y Calderas lo bañaban de pies a cabeza, mientras que Tafetanes y Santa Bárbara le regalaban un hermosísimo salto que formaba la caída del río Malpaso. Sus habitantes, tan católicos, tan virtuosos y tan trabajadores, adoraban vivir en él: parecían semillas de la fruta de la granada; pegaditos los unos a los otros que siempre convivían en íntima unión. Empero un día común y corriente algo los sorprendió…».

No estoy ansioso; tampoco sosiego. Es una extraña sensación. No sé con qué me voy a encontrar. Después de 10 años, 3 meses y 25 días regreso otra vez a Granada.

La entrada al Municipio por la carrera 25 es diferente. La última vez que estuve era imposible contar el número de personas que caminaban por la calle; ahora, uno, dos, tres, cuatro o cinco personas se ven deambular por las estrechas aceras. Pienso que como es un miércoles cualquiera, el comportamiento social del pueblo está determinado así en semana.

El autobús se detiene en el lugar preciso en el que hace más de una década mi tío político Gildardo estacionó su carro: en la Variante. El Templo Parroquial permanece allí siempre imponente. Volteo hacia atrás para mirar la casa de doña Lilia y Sonia. Está sola y vacía; no hay cortinas que presuman la presencia de inquilinos en ella. Tiene un afiche en una de sus ventanas. Está en venta.


Busco la tienda en donde jugué Playstation con mi primo Julián. Trato de ubicarla pero no la encuentro. Veo una vivienda que se asemejaba al lugar. “¡Ésa es la tienda de los videojuegos!… pero ya está cerrada”.

Al distanciarme por un largo periodo de tiempo, los cambios que encuentro son evidentes. Incluso, los compañeros de mi carrera que me acompañan en esta visita no saben describir lo que perciben. “Se siente una energía muy pesada aquí”, me comenta Gloria Acevedo. El cielo está nublado; el sol se ve como un punto amarillo desvanecido.


En memoria por la sangre que derramó el pueblo


«…Un monstruo con cabeza de serpiente, grande, deforme y con muchos tentáculos, atacó al pueblito: le enterró sus afilados colmillos y con sus numerosas extremidades –imposibles de contar– sembró el terror en algunas de las veredas como El Vergel, La Quiebra, La Aguada, Minitas, Vahitos y en el corregimiento de Santa Ana. La sangre se derramó y tiñó de rojo sus cristalinos ríos».

“Nos tocó subirnos corriendo para la pieza de arriba. Óscar y Gloria se metieron debajo de la cama; yo no pude porque estaba en embarazo y no cabía. Les decía ‘¡chito, callados, pues!’. No me dejaban oír lo que pasaba afuera y tenía que saberlo; si la guerrilla nos tocaba la puerta de la casa, había que abrirles”. Mientras miro a mi alrededor, se me viene a la mente esta anécdota de mi tía Amparo, quien presenció con sus hijos la primera toma guerrillera; acontecimiento con el que los grupos al margen de la ley iniciaron con una serie de agresiones, secuestros y asesinatos la historia de ímpetu que marcaría al Municipio.

El año negro para Granada fue en el 2000. El 3 de noviembre, entre 11:30 a.m. y 12:00 p.m. los paramilitares irrumpieron en la población. Dispararon de manera indiscriminada contra los civiles. Mataron a 19 personas entre ellos varios ancianos, un sacristán y un niño.

Al mes y 3 días, un carro-bomba fue detonado a unos 20 metros del comando de la Policía: a las 11:30 a.m. del 6 de diciembre, guerrilleros de los frentes 9, 34 y 37 de las FARC actuaron en supuesta retaliación contra las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Entre 4 y 7 manzanas del sector quedaron en ruinas. Perecieron 15 granadinos y 5 agentes de policía.



(Archivo: foto tomada de El Colombiano)

Camino por Junín; observo cuan fue la dimensión de ese suceso. La zona no me es conocida. Los nuevos edificios de 4 y 5 pisos son heridas simbólicas que evocan la sangre derramada por los inocentes. Busco algún referente que me indique qué se mantiene desde hace una década. Por ahora, todo está irreconocible.

(Foto tomada por Sebastián Oquendo)

Remembro un evento ocurrido durante el atentado. Cuando estalló el artefacto, dos amigas cercanas a la familia corrieron en dirección opuesta del sitio donde acaeció el hecho. Buscaban refugio. No obstante, un guerrillero las detuvo y les avisó que varios cilindros de gas iban a explotar hacia donde ellas se dirigían. Tuvieron que devolverse y esconderse bajo los escombros.

Se me viene a la mente otro caso –cuando me lo contaron, quedé adolorido–: Griselda Aristizábal, otra amiga de la familia, fue asesinada por la guerrilla. A los días de la detonación, la situación en Granada estaba peligrosa: los grupos armados ilegales, al no estar satisfechos con lo que habían provocado, amenazaron con matar a todo aquél que saliera del casco urbano. Nadie podía salir del pueblo. Las carreteras, se suponían, debían estar vacías. Sin embargo, doña Griselda buscó la manera de irse para Medellín: en compañía de otra persona se fue en un carro funerario. En el sector conocido como El Cebadero, cerca de la Autopista, había un retén guerrillero. Allí los detuvieron, los bajaron y, sin piedad, los mataron. Doña Griselda creyó que nada les ocurriría si iban en este vehículo.

Al volver en sí, por fin identifico la esquina de un edificio. En ese espacio se encontraba el hombre que hacía y vendía obleas y barquillos. No lo veo por ningún lado. No hay rastro de él. Giro la cabeza hacia la derecha. Ubico el lugar en donde se encontraba la casa de la señora que nos invitó a tomar el algo. La morada desapareció. Fue reemplazada por las nuevas edificaciones. Estoy consternado. Ruego para que el señor y la mujer no hayan sido víctimas del impacto del carrobomba.

Al subir por la calle Bolívar, encuentro el Parque de la Vida –una cuadra arriba de Junín–, el cual linda con la calle Jorge Ramón de Posada. En ella, los nombres de las víctimas están grabados en el suelo, sobre piedras de colores que hacen alusión al arcoíris: símbolo de la paz.


(Foto tomada por Sebastián Oquendo)

Como dice Lorenzo Tulio Echeverri en su monografía Granada Ayer y Hoy, este espacio es para que los granadinos conmemoren a aquéllos que murieron y desaparecieron por culpa de la violencia: “Siguiendo las huellas de las Madres de la Plaza de Mayo en Argentina y las Madres de la Candelaria en Medellín, a partir del primer viernes de junio de 2004, al final de la eucaristía de las 6:30 p.m., iniciamos el compromiso de encender una velita y hacer un desfile todos los primeros viernes de mes, desde el atrio parroquial hasta el Parque de la Vida, donde se hace un pequeño acto de memoria a favor de la reconciliación y en resistencia civil en contra de la guerra […]”.


Duele Granada


Aún Granada no se repone de la pesadilla. Las tomas guerrilleras, el secuestro de alcaldes, el desplazamiento forzado, las minas antipersona, el asesinato de líderes comunales y cívicos, los desaparecidos y N/N, los daños materiales… son algunos de los recuerdos amargos y dolorosos que asoló a esta tierra a finales de los 80, durante los 90 y principios y mitad de los 2000.

La bienvenida a este pueblo, independiente del día, era multitudinaria. No es gratuito que encuentre a este pueblo casi despoblado: según el censo realizado por el DANE (Departamento Administrativo Nacional de Estadística), la población en 1993 era de 17.701, y pasó en el 2006 a 9.436 en 1993. Estos datos son aproximados; hubo gente que nunca declaró por temor. Escaparon del conflicto para ciudades como Medellín, Cali y Barranquilla, y pueblos cercanos como El Santuario, El Peñol, Marinilla, Rionegro, Guarne.

No viví en carne propia la tragedia; pero mi cercanía física y familiar con el Municipio me deja con un nudo en la garganta que trato de disimular. Regreso a Medellín, con un peso emocional imposible de cargar. Desfallezco por la sensación del momento. Es imposible ser indiferente ante tal magnitud del horror esparcido por el monstruo de la violencia. Me duele Granada.